La cumbre y la luz enceguecedora

Frecuentemente, llega a mi memoria el recuerdo del camino obscuro en el que caminaba sin rumbo; y así andaba porque era tan obscuro aquel camino que apenas podía ver hasta mis pies sangrantes. El suelo era frío y fangoso, recuerdo que me había hundido tanto en él, que alguna vez llegué a creer que jamás lograría salir.

Pero así como los sueños nunca mueren, de vez en cuando miraba a las estrellas en busca de esperanza. Fue así como un día te vi, en lo alto de una gigantesca cumbre, vi tu cuerpo y tu cabello bailando con el fresco aire de esa montaña. Yo estaba cansado y sucio de polvo y fango, pero decidí subir aquella cumbre que me separaba de ti.

Ya no recuerdo cuantas veces creí desfallecer en ese largo camino. También tuve miedo de dormir en esas rocas borrascosas, porque sabía que si caía podría morir, y si no fuese así, volvería a aquel camino de interminables cavernas. En ese ascenso conocí a una serpiente, a una tortuga, a un buitre risueño que se burlaba de mí, y a un águila que se comió uno de mis dedos. A la primera que devoré fue a la serpiente, seguida de la tortuga, al buitre no lo toqué porque estaba seguro de que no tendría buen sabor; finalmente al águila, la golpeé con una piedra en el pecho cuando intentó comerse otro de mis dedos. Así fue como finalmente tuve fuerzas para llegar al final de aquella cumbre.

Cuando estuve cerca de ti, grité tu nombre, pero el viento soplaba tan fuerte que se llevaba mi débil voz. Entonces, utilicé una pluma del águila, con la cual había reemplazado el dedo que ésta me quitó, para tocar tu piel suavemente; fue entonces cuando te diste vuelta y pude ver tu cara.  Era tan bello tu rostro que simplemente me encegueció, desprendía una luz tan brillante que me obligó a cerrar mis ojos; aún así, el brillo de tu belleza atravesaba mis párpados, y hasta mis manos parecían ser translúcidas; desde ese momento, siempre puedo verte en mi cabeza aún con los ojos cerrados. Entonces me armé de valor y te besé, cinco universos se crearon y destruyeron en el tiempo que duró ese momento; que fue infinitamente gratificante, delirante, inolvidable.

 Cuando volví a abrir los ojos me encontré contigo en un lugar maravilloso; el suelo era de un cristal confortablemente cálido, de él crecían árboles verdes con frutos rojos y amarillos, y el viento tocaba una hermosa melodía al compás del golpe del agua sobre las rocas en una cascada que se encontraba a nuestro lado. Ese día caminamos juntos y dimos siete veces la vuelta al mundo; al volver, estábamos cansados, así que nos acostamos sobre una nube y nos cobijamos con algunos rayos de sol; allí frente a frente, mirándonos a los ojos, hicimos el amor.

De ese momento cada célula de mi cuerpo tomó un poco de ensueño y fantasía; a partir de aquel instante, he aprendido mil trecientos cincuenta y siete idiomas, y en ellos no he podido encontrar la palabra que describa lo que aquel día sentí. Lentamente fue obscureciendo sobre nosotros; sin embargo, ya no tenía miedo de las sombras, ni siquiera de la muerte, era tanta la felicidad que sentía, que me ha alcanzado hasta el presente, y desde aquí parece interminable. Luego intenté dormir, pero ni el más hermoso de los sueños se comparaba con el júbilo en el que aún vivo; es por eso que siempre te digo: “Está bien si no me dejas dormir”.