No te asomes ahí Carlota, fue lo último que ella oyó antes de caer en el agujero oscuro. Más tarde, Eduardo su hermano le dijo al inspector de policía: Pero es que ella siempre hacía lo que se le daba la verraca gana; especialmente cuando uno se lo advertía.
El agujero, que desde lejos siempre pareció sólo una poza, había estado allí desde que Carlota y su familia se mudaron a la finca en la sabana, provenientes de las montañas. Estaba situado a unos doscientos metros, diría ella, del camino por donde se va desde la parte de atrás de la hacienda hasta el camino de los indios que lleva a El Rosal. Se podía ver cada vez que se pasaba por ahí, pero había que atravesar la frontera imaginaria de un mojón que separaba la extensión de la hacienda de los antiguos campos petrolíferos – así que, de acuerdo a ese establecimiento, el agujero debía ser una poza de agua – y por lo tanto nunca se le había ocurrido a Carlota echar un vistazo. Pero no sólo a ella le causaba curiosidad. Un día de intenso sol, cuando los niños parecen tener resistencia nuclear a los rayos del día, y en cambio de los adultos permanecen jugando en el intenso calor, Santiago y Almudena se habían alejado de Eduardo, que prefirió volver a la cabaña de ordeño para beber un poco de agua del grifo. Esa vez, los niños estuvieron ausentes por casi tres horas y volvieron a la casa de la hacienda contando historias de monstruos que vivían en un hueco oscuro, y de los animales fantásticos que asomaban la cabeza, a las que nadie prestó suficiente atención entre las recriminaciones de su hermana Berta y su marido José Ángel a Eduardo por dejar a los niños correr y alejarse libremente entre los tamos y los zarzos.
Tal vez por esas historias, Eduardo había advertido a Carlota no asomarse ahí. Ahora en cambio ella iba en caída libre en casi total oscuridad. Pasados tres minutos de haber caído, ella había dejado de gritar, aunque su corazón todavía parecía un motor de vapor. Respiraba con dificultad en medio de un vaho tibio, y un olor a fango reposado después de 10 días de lluvias, pero al menos estaba en silencio, perpendicular al sentido de la caída libre, y sabía esto por la resistencia del aire que se sentía como una corriente de viento cada vez más intensa. Con sólo un punto de luz visible, sin saber exactamente qué tan lejos estaba el agujero, pensaba estar – en vez de estar cayendo – estática sobre uno de esas turbinas que se utilizan para simular la sensación de caída libre, pero en vez de una de esas máquinas modernas, pensaba en una antigua y gigantesca, operada mediante un gran pedal de vieja máquina de coser por una abuela legendaria. Entonces se puso a calcular: si llevo cayendo un cuarto de hora, que aunque por ser una condición de máximo estrés deben ser entre siete y diez minutos en realidad, teniendo en cuenta la aceleración de la fuerza de gravedad, debo haber bajado más de mil kilómetros y a más de tal velocidad, y si la circunferencia de la tierra es tal y tal, y si su relación entre el diámetro es tal otra – mientras dibujaba con el dedo en el aire. Para ese momento tener cerrados los ojos era lo mismo que tenerlos abiertos: total oscuridad, así que cuando imaginó ver una circunferencia dibujada con el dedo como un haz de luz, no sabía si los tenía cerrados o abiertos. Al final del cálculo, estimó que estaba cerca de llegar al centro de la tierra.
Para cuando Carlota ya había recorrido 1030 veces esa distancia, Eduardo, Berta y los niños, a los que no se les permitía quedarse solos en la casa, Alcides el capataz y el inspector de policía iban camino a la poza. Tío Eduardo ¿tú crees que la tía Carlota está volando en un unicornio? – decía Almudena; yo creo que a la tía Carlota se la está comiendo un unicornio – dijo Santiago mientras soltaba una falsa carcajada y Berta su madre evitaba sonreír con un gesto de cuando el sol le da a uno en la cara. Ya Carlota había dejado los cálculos y estaba más interesada en qué tipo de particularidad geográfica estaba metida. Entonces pensó que ese pequeño orificio en la superficie terrestre, oscuro y húmedo se parecía a un oído. Estoy en el oído del mundo – pensó – o al menos espero que no sea el culo.


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