Para de una vez por todas formalizar las peticiones de la humanidad a Dios, el señor abrió una oficina de radicación de solicitudes; primero en una pequeña nube del Caribe, a donde a todos nos gustaría trabajar. Sin embargo, al poco tiempo la humanidad competa hacía fila para radicar su solicitud y pronto hubo que mudar las instalaciones al mayor nubarrón que hubiese en el páramo.
Las colas eran interminables, y el agudo sol del altiplano hacía curtir la piel de quienes esperaban pacientemente su turno. Para buscar un descanso del sol y de estar de pie todo el tiempo, las personas empezaron a buscar donde recostarse y cubrirse, dejando sus zapatos guardando su lugar en la fila, dado que en el suave suelo de vapor de agua de la oficina celestial no eran necesarios.
Un hombre curioso que había dejado su calzado como guardián de su lugar, turno 4.034’720.912, decidió asomarse por el borde del nubarrón y pudo ver el mundo entero con sus mares, costas, nevados y sabanas. Aunque el suelo de la tierra parecía dolorosamente árido, el hombre decidió salir por un momento descalzo dado su largo tiempo esperado de atención. Bajó por escarpados cerros hasta majestuosos acantilados, nadó en el océano y perdió una pierna en la fauces de un tiburón blanco majestuoso; pero al llegar a las ardientes playas de las costas tropicales, se hizo un bastón con una rama de un palo de corozo. Siguió caminando el mundo con su pie y su bastón, y nunca más regresó al nuevo hogar de la humanidad, allí se quedó y no sintió más dolor en sus pasos; se acostumbro a la aridez y la encontró placentera.
En la oficina de Dios, un pobre hombre que nunca había tenido zapatos, se quedó con los del hombre curioso que al pasar los años se habían declarado abandonados; luego los usó para guardar su puesto en la fila de la oficina celestial entrega de respuestas.
FIN


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